
(21 de mayo de 2024) El pastor Ahmed Mohamed se arrodilló junto a la polvorienta carretera donde él, su esposa y sus tres hijos habían hecho una pausa para descansar. “¡Dios nos salve!”, rezó. “¿Cómo puedo predicar Tu palabra, si estoy muerto?”. Miró a su familia acurrucada bajo un árbol solitario y se preguntó cuál sería su futuro si Dios no intervenía.
Sabía que su difícil situación no era diferente de la de otros miles de sudaneses que huían por diversos lugares, mientras los brutales enfrentamientos entre la RSF y el ejército regular destruían todo lo que estaba a la vista. Como los demás, el pastor Ahmed y su familia huyeron con lo puesto. No tuvieron más remedio que recorrer a pie 50 km hasta la siguiente ciudad.
Cuando llegaron no tenían comida ni ingresos, pero la gente de la zona se unió para compartir con los refugiados. Unos días después, la esposa de Ahmed llevó a los niños a visitar a un pariente. Mientras estaba fuera, un avión de guerra sobrevoló el pueblo y bombardeó las casas, matando a muchos. Una vez más, Ahmed escapó a duras penas llevando sólo un chaleco. Caminó durante una hora y media hasta que llegó a un mercado donde un simpático comerciante le ofreció dos camisas y un par de pantalones. Otro le dio un total de siete dólares. No era suficiente para comprar un billete de autobús, pero pudo negociar un viaje con el conductor, si se quedaba de pie, en lugar de tomar asiento.

“El viaje duró 20 horas”, dice el pastor Ahmed. “Estaba cansado, hambriento y agotado, pero estaba decidido a salir del país”.”
Incapaz de comunicarse con su familia, el pastor Ahmed continuó su viaje a Sudán del Sur durante siete días, a veces en coche cuando podía encontrar un buen samaritano y transporte, pero más a menudo caminando. Por fin llegó a Renk, donde buscó la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Un miembro le dio de comer y le dirigió a la Agencia Adventista de Desarrollo y Ayuda (ADRA). Se ocuparon de sus necesidades inmediatas y le orientaron hacia el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Le destinaron al campo de refugiados de Maban.
Aproximadamente dos meses después, Ahmed consiguió trasladar a su familia desde Sudán hasta Renk, donde están siendo acogidos por un miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su intención es llegar al campo y, una vez que se instale, buscará dinero para apoyar el traslado para que su familia se reúna con él.
“El pastor Ahmed es sólo uno de los millones de refugiados que huyen para salvar sus vidas en situaciones extremadamente difíciles”, dice Michael Kruger, presidente de ADRA Internacional. “Aunque las circunstancias son diferentes, la mayoría se ve obligada a dejar atrás trabajos y posesiones personales simplemente por el lugar donde nacieron, la raza en la que nacieron o la religión que profesan. Las familias quedan separadas y son incapaces de comunicarse. Todo esto se traduce en un aumento de la inseguridad alimentaria, la desnutrición y la miseria humana.”
ADRA lleva esperanza a millones de personas porque no tiene una agenda política y acepta a las personas por lo que son. La misión de esta agencia humanitaria mundial es alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y capacitar a las personas para que puedan valerse por sí mismas. ADRA se compromete a ayudar a los más pobres entre los pobres en las situaciones más humildes en que se encuentren.
Agradecemos sus oraciones y su apoyo, que permiten a ADRA seguir proporcionando recursos y servicios humanitarios a quienes se encuentran en las circunstancias más desesperadas.







