María, de 73 años, es la matriarca de una casa llena. En su casa viven dos hijos, tres hijas y dos nietos. Como muchos agricultores de subsistencia de la comunidad rural de Alto, María plantaba maíz en su modesta parcela para alimentar a su familia.
Ese año, las lluvias llegaron demasiado tarde. María y su familia labraron la tierra, sembraron el campo y rezaron para que lloviera. Los días pasaban en un borrón árido y sin nubes. Cada mañana y cada tarde, los aldeanos del Alto miraban al cielo, pero no veían nada. El horizonte no prometía nada ni daba esperanzas.
La tierra se endureció y las semillas se marchitaron y murieron. María apenas tenía agua para beber y cocinar, y no le sobraba para el maíz. Los nietos empezaron a llorar más y a María se le rompió el corazón de impotencia. Todos sus hijos hacían lo que podían, pero como agricultores de subsistencia, estaban igualmente desamparados.
Entonces ADRA llegó a la comunidad de Alto. Los representantes recorrieron el pueblo y se reunieron con las familias. Una de esas familias era la de María. Vieron el estado de sus tierras y de su familia. Prometieron que volverían, pero María se mostró escéptica.
“Un grupo de nosotros habíamos ido al ayuntamiento a pedir ayuda al alcalde, pero sólo recibimos promesas y más promesas”, dijo María. “Nuestra familia necesitaba comida, no sólo palabras”.”
Pero al día siguiente, ADRA volvió a su casa con comida suficiente para aguantar hasta que llegaran las lluvias.
“Cuando vinieron y vieron nuestra tierra y nuestra situación, pensé que nunca volverían”, dijo María. “Pero allí estaban, bendiciendo a mi familia y a nuestro pueblo”.”
Al día siguiente, la lluvia empapó la tierra seca, prometiendo un rendimiento en un futuro próximo para su segunda cosecha. Para familias como la de María, esto les brinda la oportunidad de desarrollar su propia vida sostenible mientras sobreviven con los alimentos que les da ADRA.