La violencia le arrancó a Rachel un futuro brillante. Con sólo 19 años, perdió a su familia, su casa y todo lo que poseía.
Rachel comparte una casa de una sola habitación con su familia de seis miembros en Uganda. Pero ese no es su hogar: su hogar se encuentra al otro lado de la frontera, en la República Democrática del Congo.
Hace un año, unos rebeldes violaron brutalmente a su madre y la retuvieron para pedir un rescate. Al intentar defenderla, el padre de Rachel recibió una paliza brutal.
“Nos quemaron las cosechas y mataron a nuestras vacas, así que nos quedamos sin nada con lo que mantenernos”, dijo Rachel.
Como su padre ya no podía trabajar, Rachel se esforzó aún más para mantener a su familia y recuperar a su madre. Pero temían lo peor: lo más probable era que su madre ya hubiera fallecido.
“Los rebeldes volvieron y mataron a mi tío, a tres de mis tías y a mis dos abuelos. Mis hermanos y yo habíamos llevado a mi padre al hospital, así que nosotros estábamos bien”, continuó Rachel.
“Si volviéramos a casa, nos matarían”.”
Rachel y su familia sabían que tenían que marcharse de inmediato, así que emprendieron el camino a pie hacia lo desconocido.
Tras cruzar la frontera, llevaron a Rachel y a su familia a uno de los campamentos de refugiados más grandes y concurridos de Uganda.
Tras pasar unos días en el recinto para recién llegados, a Rachel, a su padre y a sus hermanos les dieron una lona gruesa y una pequeña parcela de tierra en la ladera de una colina.
Este era su nuevo hogar.
Por muy desgarrador que sea el pasado de Rachel, ahora la situación es aún peor. Es posible que no sobreviva a los próximos meses.
Rachel se puso inmediatamente manos a la obra sembrando semillas para cultivar una pequeña cosecha y venderla en los mercados del asentamiento. Con esos escasos ingresos, compra el arroz y las alubias con los que su familia se gana la vida.
Durante una de esas visitas al mercado ocurrió un milagro agridulce.
“Vi una cara que me resultaba familiar y le dije a mi padre: ‘¿No se parece a mamá?’. Él me dijo que no podía ser ella porque había fallecido. Me acerqué a la señora para verla mejor, y era mi madre. Pero ella no me reconoció”.”
La madre de Rachel vuelve a vivir con ellos, pero, abrumada por el trauma, no habla con su familia ni la reconoce.
Con otra boca que alimentar, Rachel tiene que esforzarse aún más para mantener a su familia.
“Ninguno de mis padres puede aportar mucho a la familia, así que todo recae sobre mis hombros”.”
“Sigo creyendo en Dios”, dijo Rachel con una sonrisa. “Algún día Él me devolverá a mis padres; creo que lo hará. Espero poder marcharme algún día del asentamiento. Quiero ir a la universidad”.”
Al igual que en el viaje de los israelitas desde Egipto, la fe le da a Raquel la fuerza para seguir adelante a pesar del sufrimiento actual y de un futuro incierto.