El 24 de junio de 2026, dos terremotos gemelos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el centro de Venezuela con tan solo 39 segundos de diferencia entre uno y otro, convirtiéndose en los terremotos más fuertes que han azotado el país en más de un siglo. Los seísmos, de poca profundidad, causaron una destrucción generalizada, dañaron más de 850 edificios —entre ellos, casi 190 que se derrumbaron— y obligaron a miles de familias a abandonar sus hogares. Según informes recientes, más de 5.000 personas perdieron la vida, 16.700 resultaron heridas y casi 18.000 personas se quedaron sin hogar, mientras las comunidades de toda la región continuaban el difícil camino hacia la recuperación.
Para Oneida Oyárvez, esas cifras son mucho más que simples estadísticas. Representan el momento en que la vida de su familia cambió para siempre.
“Nos estábamos preparando para ver el partido de Brasil en el Mundial cuando sonaron las alarmas…”
Lo que se suponía que iba a ser una tarde tranquila en familia se convirtió, en cuestión de segundos, en una experiencia que nunca olvidará.
Oneida vive en la Torre 8 del complejo residencial Ciudad Caribia, uno de los edificios que sufrió los daños estructurales más graves tras el terremoto.

© ADRA Venezuela/2026/Elisamuel Devis Fermin
Los segundos que lo cambiaron todo
Aquella tarde, mientras la familia se preparaba para ver un partido de fútbol, sus teléfonos emitieron de repente una alerta de terremoto. Hubo un breve momento de incertidumbre, pero el suelo no les dio tiempo a reaccionar. La primera sacudida comenzó casi de inmediato.
En medio del pánico, su principal prioridad era proteger a quienes más lo necesitaban: sus dos nietas, que dormían plácidamente en sus habitaciones.
Su marido se esforzaba por mantenerse en pie mientras sostenía a una de las niñas. Al mismo tiempo, su yerno sujetaba con fuerza a la otra niña mientras la fuerza del terremoto lo lanzaba repetidamente contra la pared.
Justo cuando pensaban que lo peor ya había pasado, un segundo terremoto, aún más fuerte, sacudió violentamente el edificio de un lado a otro. Las paredes comenzaron a agrietarse, los objetos cayeron al suelo y el ruido ensordecedor del hormigón al romperse dejó claro que el edificio había sufrido graves daños estructurales.
Escapar de la Torre 8 se convirtió en otro reto.
Las vías de evacuación estaban bloqueadas por escombros y tuberías rotas que habían inundado los pasillos. Al no poder utilizar las salidas habituales, los vecinos se unieron para derribar las puertas atascadas y abrirse paso a través de los enormes agujeros que el terremoto había abierto en las paredes de los pisos de la planta baja.
A pesar del caos, prevaleció la compasión.
Entre todos, los vecinos rescataron a una vecina que había protegido a sus hijos con su propio cuerpo cuando una pared se derrumbó sobre ellos. Sufrió una lesión grave en la columna vertebral que requirió más de cinco horas de cirugía. Ahora se está recuperando con su familia en Maracay.
Vivir la “hora cero”
Desde aquel día, Oneida afirma que su comunidad ha estado viviendo lo que ahora denominan “la Hora Cero”.”
Perder sus hogares fue solo el principio.
Hoy en día, las familias soportan largas jornadas bajo un sol intenso y noches lluviosas que les dificultan el descanso. La falta de agua potable, de aseos portátiles y de un sistema de saneamiento adecuado ha aumentado el riesgo de contraer enfermedades.
A estos retos se suman las crecientes infestaciones de moscas y mosquitos, así como la necesidad urgente de repelentes de insectos, protectores solares y medicamentos para las personas que padecen enfermedades crónicas como la hipertensión y la diabetes.
Al igual que miles de personas más en toda la región afectada, muchas familias siguen desplazadas y duermen en refugios provisionales o al aire libre, mientras continúan las réplicas y se evalúan los edificios dañados. El acceso al agua potable, al saneamiento, a los alimentos, a la asistencia sanitaria y al apoyo psicosocial sigue siendo una de las principales necesidades humanitarias a las que se enfrentan las comunidades afectadas.
La respuesta de ADRA
A las pocas horas de producirse la catástrofe, ADRA Venezuela activó su respuesta de emergencia y comenzó a colaborar con las autoridades locales y los socios humanitarios para atender las necesidades más urgentes. La respuesta se centra en los refugios temporales de Caracas y La Guaira, donde miles de familias siguen buscando seguridad y servicios básicos. Durante los tres primeros meses de la respuesta de emergencia, ADRA tiene previsto ayudar a 90 000 personas mediante acciones de socorro de emergencia.
Como parte de su respuesta de emergencia en materia de agua, saneamiento e higiene (WASH), ADRA está distribuyendo 6.000 kits de higiene, material para la purificación del agua y recipientes para el almacenamiento seguro del agua, con el fin de ayudar a las familias a acceder a agua potable y reducir el riesgo de enfermedades transmitidas por el agua. ADRA también está coordinando la distribución de 10 000 kits de alimentos, dando prioridad a los hogares con niños pequeños y personas mayores, al tiempo que sigue evaluando las necesidades humanitarias cambiantes y prestando servicios de protección a las familias vulnerables. Estas iniciativas tienen como objetivo proteger la salud, preservar la dignidad y ayudar a las comunidades a iniciar el difícil proceso de recuperación.

© ADRA Venezuela/2026/Elisamuel Devis Fermin
“No estamos solos”
Con una expresión cansada pero esperanzada, Oneida reflexiona sobre el apoyo que ha recibido su comunidad.
“Ahora mismo estamos recibiendo ayuda de ONG. Nos están proporcionando colchonetas para dormir y artículos de uso personal… y seguimos aquí”.”
Sus palabras reflejan la experiencia de muchas familias que, a pesar de haberlo perdido casi todo, han encontrado esperanza en la compasión de quienes han decidido estar a su lado.
Mientras las familias emprenden el largo camino hacia la recuperación, ADRA Venezuela mantiene su compromiso de servir a las comunidades con justicia, compasión y amor, ayudando a devolver la dignidad y la esperanza, familia a familia.