ADRA tiene la suerte de conocer cada día en su trabajo a madres increíbles. Son el tipo de madres que harían cualquier cosa, renunciarían a todo e irían a cualquier parte por sus hijos.
Madres como Masha y Glendys.
Estas dos mujeres han llevado vidas muy diferentes, pero les une lo mucho que han hecho por sus familias. Sus países de origen se encuentran en el centro de dos de las mayores crisis humanitarias del mundo: Masha, en Ucrania, y Glendys, en Venezuela.
El conflicto en Ucrania trajo bombas a la comunidad de Masha y soldados armados a su calle. La crisis en Venezuela se cobró la vida del primogénito de Glendys, ya que el país carecía de los servicios sanitarios básicos que el pequeño necesitaba para sobrevivir.
Fue en esos momentos cuando cada una de esas mujeres tomó la decisión desesperada que millones de padres de todo el mundo se han visto obligados a tomar: desarraigarse y dejarlo todo atrás en busca de seguridad y de una vida mejor para sus familias.
La huida de Masha de Ucrania con sus hijos fue la peor pesadilla de cualquier madre.

Al igual que otros hombres en edad de combatir en Ucrania, su marido no pudo evacuar el país con ellas, por lo que Masha se quedó sola con sus dos pequeños. Los soldados de ocupación de su barrio les permitieron pasar para que se marcharan, pero la única forma que tenían de desplazarse era a pie.
La madre y los niños siguieron un “corredor verde”, es decir, una ruta designada para garantizar la seguridad de las personas evacuadas. Por desgracia, la carretera que se suponía que debía alejarlos del peligro los llevó, en cambio, directamente hacia él.
Cuando Masha llegó a un puente derruido que se interponía entre su familia y una zona deshabitada por la que podrían pasar a salvo, pensó que cruzarlo sería la peor parte de su viaje.
Mientras ayudaba a sus hijos a cruzar con cuidado lo que quedaba del puente, vio tres helicópteros militares que se acercaban a lo lejos. Siguiendo su instinto, cogió a los dos niños en brazos y se metió en el agua que había debajo del puente.
Los helicópteros abrieron fuego.
El agua estaba fría, y Masha llevó a sus hijos a través de los trozos irregulares del puente derrumbado y las vigas metálicas cubiertas de barro. Cuando por fin lograron cruzar, tuvo que emplear todas sus fuerzas para salir del agua y subir a la orilla con sus hijos.
Los helicópteros parecían estar alejándose de la zona, pero otras personas que se encontraban a lo lejos gritaban “¡Corred! ¡Corred!”, porque sabían por experiencia que los helicópteros podían volver.
Una vez que se reunió con este grupo, ya se encontraba en territorio seguro y los tres pudieron salir del país.
Masha y los niños estaban agotados y traumatizados cuando ADRA les prestó asistencia en el centro para refugiados de un país vecino, pero su experiencia está lejos de haber terminado.
La guerra no tiene un plazo determinado, así que, aunque está agradecida de que sus hijos estén ahora a salvo, Masha no tiene ni idea de cuándo se reunirá con su marido ni de cuándo volverán a ver su hogar.
Después de dos años fuera de Venezuela, Glendys está de vuelta a casa.

Empuja el cochecito de su bebé de siete meses y lleva sus cosas en una pesada mochila a la espalda. Ya ha recorrido más de 300 millas en 22 días para llegar a Bucaramanga, una localidad fronteriza colombiana donde el equipo de ADRA se puso en contacto con ella.
Parece mucho, pero su camino aún está lejos de haber terminado.
Ante Glendys se extienden los Andes, una cordillera con un pico que supera los 11 000 pies. Es un camino peligroso, con temperaturas gélidas, desprendimientos de rocas y largos tramos sin acceso a comida ni agua.
Pero es el único camino para volver a casa.
Glendys sabe muy bien que la vida que una vez conoció no la estará esperando. Cada paso la lleva de vuelta a casa, donde enterró a su primer hijo. De vuelta a casa, donde la precaria asistencia sanitaria, la alimentación insuficiente y la falta de oportunidades la empujaron a marcharse.
De vuelta a casa, donde la situación es peor que cuando se marchó.
Sin embargo, la joven madre está decidida a ver a sus familiares, probablemente por última vez. El rostro de su bebé le recuerda cada vez más al hijo que perdió, por lo que espera que la visita también la convenza de que su difícil decisión de marcharse fue la correcta para ellos.
Los peligros naturales no son los únicos a los que se enfrentan Glendys y el grupo con el que ha decidido viajar. Dormir en la calle bajo lonas y abrigos los expone a personas dispuestas a aprovecharse de ellos. Han estado turnándose para dormir, pero aun así les han robado la comida.
Lo único que mueve a Glendys ahora es la idea de mantener a salvo a su hijo. Tras su visita a Venezuela, se marchará de nuevo y buscará un nuevo hogar donde su bebé tenga un futuro.
Masha y Glendys son mujeres extraordinarias, pero solo son dos de los millones de madres que tienen historias como estas.
ADRA lleva prestando ayuda a personas y familias desplazadas de todo el mundo desde nuestros inicios, y estamos muy agradecidos por vuestra ayuda. Juntos, seguiremos proporcionando asistencia urgente y recursos esenciales a quienes se han visto obligados a huir de sus hogares en todos los rincones del mundo.