“Sé fuerte y valiente. No temas ni te desanimes, pues el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”. — Josué 1:9 (NVI)
Algunas de las labores más importantes del mundo nunca llegan a ser fotografiadas. No consisten en entrar corriendo en un edificio en llamas ni en mantener una línea de defensa bajo fuego enemigo. Se desarrollan a un ritmo más lento que eso, en estancias a las que la mayoría de nosotros nunca entraremos, y mantenerlas requiere más esfuerzo que ponerlas en marcha.
Es el valor de ocuparse, una y otra vez, de personas cuyo sufrimiento está lejos de casa. El valor de quedarse cuando la necesidad es implacable y los recursos parecen insuficientes. El valor de anteponer la cercanía a la comodidad, y la fidelidad a la facilidad.
Cada año, el 19 de agosto, el mundo celebra el Día Mundial de la Ayuda Humanitaria, una jornada dedicada a rendir homenaje a los hombres y mujeres que realizan labores humanitarias en algunos de los lugares más difíciles del planeta. Es un día que he llegado a valorar más con cada año que pasa, y me da un motivo para decir algo que no digo con la frecuencia que debería.
Gracias.
A las personas que siempre están ahí
Cada día, en decenas de países, el personal y los voluntarios de ADRA realizan una labor que la mayoría de la gente nunca verá.
Están repartiendo alimentos en comunidades que aún se están recuperando de unas inundaciones que ya han desaparecido de la actualidad informativa. Se sientan con las familias en los campamentos de desplazados, escuchando historias cuyo peso nadie debería tener que soportar en solitario. Son profesores que ayudan a los niños a recuperar años de educación perdidos, trabajadores sanitarios comunitarios que se desplazan a aldeas remotas, especialistas en logística, coordinadores, traductores y formadores.

Y, en muchos casos, son vecinos de las personas a las que atienden; miembros de las mismas comunidades que están ayudando a reconstruir. Eso es muy importante. Las personas más cercanas a una crisis la comprenden mejor que cualquiera que llegue desde fuera. Empoderar, confiar, proporcionar recursos y apoyar a quienes reciben ayuda no es solo una buena práctica. Es la forma en que se manifiesta el respeto en la práctica.
Algunos de ellos trabajan en lugares donde la palabra “peligroso” no es una simple forma de hablar. Son conscientes de los riesgos. Y, aun así, siguen adelante.
Eso es valor moral. No es la ausencia de miedo, sino negarse a dejar que el miedo sea el factor decisivo.

Lo que les da fuerzas
He tenido el privilegio de estar junto a muchos de estos hombres y mujeres, en países de todo el mundo, en pueblos y zonas afectadas por catástrofes, y en los momentos de tranquilidad entre las exigencias del trabajo.
Lo que observo, una y otra vez, es que la adrenalina se desvanece y la ideología solo lleva a una persona hasta cierto punto. Lo que les mantiene firmes es un sentido de vocación, la convicción de que el trabajo importa incluso cuando el progreso es lento, y la confianza de que no están solos en ello. Dios está presente en los lugares de mayor sufrimiento, y acudir allí es una forma de situarse donde Él ya está.

A lo largo de los años, he vuelto a leer Josué 1:9 más veces de las que puedo contar. No fue escrito para personas que se encontraban en circunstancias cómodas. Fue pronunciado en medio de la incertidumbre de una misión abrumadora, dirigido a un líder que tenía todas las razones para sentirse abrumado. “Sé fuerte y valiente. No temas ni te desanimes, pues el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”.”
Vayas donde vayas. Al campamento. Al otro lado de la frontera. A la comunidad a la que el resto del mundo ha dejado de prestar atención.
Esa promesa no ha caducado. La he visto cumplirse demasiadas veces como para dudar de ella.
La solidaridad no es pasiva
La solidaridad es el núcleo de la labor humanitaria. La solidaridad no es compasión desde la distancia. Es la voluntad de establecer un vínculo auténtico con personas cuyas circunstancias difieren de las nuestras, y de aceptar que ese vínculo nos suponga un sacrificio.

Para quienes no estamos en el terreno, la solidaridad se traduce en una atención constante, en una generosidad constante y en una oración que se niega a enfriarse cuando una crisis deja de ser noticia. Se traduce en confiar en las voces de los líderes locales y darles mayor visibilidad, en lugar de dar por sentado que la ayuda significativa siempre debe llegar de fuera.
Los hombres y mujeres que realizan esta labor no están solos. Cuentan con el apoyo de una red de colaboradores, donantes e intercesores que hacen posible su labor. Esa red es la que transforma los actos individuales de valentía en algo más grande que cualquier persona por sí sola. Eso es la solidaridad hecha realidad.
Unas palabras personales de agradecimiento
Si trabajas para ADRA o has dedicado tu tiempo y tus habilidades a servir a las comunidades en el marco de nuestros programas en cualquier parte del mundo, sabemos que estás ahí. El trabajo es duro y el reconocimiento rara vez está a la altura del esfuerzo. Cada vez que te presentas, estás demostrando valor moral.
Cada comida que se reparte, cada aula que se rehabilita, cada familia que recibe ayuda en su momento más desesperado. Todo eso importa. No se pierde, aunque parezca invisible.
Y a quienes apoyan esta labor con sus oraciones y sus donativos, gracias también a vosotros. Vuestra colaboración es lo que permite que el personal sobre el terreno pueda seguir adelante.
En este Día Mundial de la Ayuda Humanitaria, que todas aquellas personas que han encontrado el valor para ayudar sepan que les estamos profundamente agradecidos y que esta labor nunca ha estado destinada a recaer sobre los hombros de una sola persona.