En Madagascar, hace casi dos años que no llueve, la tierra está endurecida y sólo algún cactus rompe el espantoso mar de color marrón, e incluso ellos empiezan a marchitarse por la falta de lluvia.

Vacíos. Así se describirían también los ojos de niños hambrientos como Saholy. Sus estómagos también están vacíos y, si no se hace más, muchos morirán.

Saholy vive con su abuela y ocho de sus hermanos y primos. Su hogar son dos pequeñas chozas de palos en medio de un campo polvoriento.

La abuela de Saholy es vieja y está cansada, agobiada por la responsabilidad de cuidar a tantos pequeños. De su pequeño huerto vende hojas especiales para un plato tradicional malgache.

Pero Saholy nunca llega a comerlo, ni tampoco ninguno de los niños. Este huerto es lo que les paga la escuela.

Saholy sólo se alimenta de boniatos silvestres y frutos de cactus, recogidos de la tierra. Pero es una situación competitiva, con decenas de familias como la suya en la misma situación, y cada vez es más difícil encontrar comida.

“Si mi abuela no encuentra patatas, tenemos que salir después del colegio a buscar comida. A veces caminamos dos o tres horas para encontrar algo”.” Saholy dice.

“Cuando las cosas van mal, comemos fruta de cactus; no llena”, dice.

Por si fuera poco, hay ciertas épocas del año en las que los cactus que crecen alrededor de su casa no dan ningún fruto. Cuando esto ocurre, Saholy y sus hermanos recogen frutos de tamarindo agrio y los mezclan con agua y ceniza de su hoguera.

“La ceniza hace que la comida llene más y ayuda a estirarla”, dice.

En la escuela, Saholy es una alumna concentrada a pesar del hambre que siente en el estómago. Ella y sus compañeros se sientan en el suelo bajo un tejado improvisado, escuchan a su profesor y copian apuntes en sus pizarras.

“No quiero ser como mi abuela y tener que recoger patatas silvestres para comer”, dice. Llevo tres años pasando hambre”.”

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